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Hace años, el ser madre no me suponía ningún dilema, es más, tenía claro que algún día lo sería. No sabía cuándo, si a los veintilargos, si a los treinta. Era algo que simplemente sabía. Quizá lo tenía tan claro, porque desde pequeñas nos educan para creer que nuestra función principal es, sin duda, tener un bebé. Y es que si lo pensamos, un 90% de los juguetes de nuestra infancia son eso, bebés. Cuántas veces hemos jugado con nuestras amigas a tener una barriga de mentira, cuántas veces hemos paseado un bebé de juguete. Cuántas veces hemos cocinado papillas, cambiado el pañal, dormido a nuestro Nenucco, a nuestro Baby Fever. Incontables. Es imposible no querer ser madre si su educación ha sido ésta. Y no culpo a mis padres. Sería injusto.
A los hombres los educan para tener éxito, dinero, y mantener a una familia entera. A nosotras para cuidar de todo lo anterior. ¿Pero qué pasa si todo esto fracasa? ¿Y si no puedes cumplir las expectativas? ¿Y si no consigues lo que la sociedad quiere…

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